lunes, 26 de noviembre de 2012

Imágenes y símbolos en "La Pasión de Cristo", de Mel Gibson

A Mel Gibson le gustan los símbolos. Por eso recurre a ellos en buena parte de "La Pasión de Cristo", y casi siempre con asombrosa eficacia.

Uno de los más celebrados acontece al comienzo de la cinta, durante la oración en Getsemaní: Gibson adelanta visualmente la victoria de Cristo en el sufrimiento de la Cruz con el gesto de Jesús al aplastar la cabeza de un áspid. Es una escena decisiva, que impacta poderosamente en el espectador y hace resonar en su memoria aquel pasaje del Génesis, en el diálogo de Dios Padre con la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; tú le acecharás el talón y ella te aplastará la cabeza”.

Más delicado es el símbolo que vemos en la escena del proceso ante Pilatos, cuando una paloma remonta el vuelo ante Cristo doliente, único testigo de tan armonioso vuelo. Con ello —Gibson lo señaló en una entrevista—, el director quiso significar la cercanía del Espíritu Santo a Jesús durante toda la agonía de su Pasión.
Otra imagen muy acertada es aquella en que María, acompañada de Juan y de la Magdalena, entra en la plaza del templo y se arroja sobre el suelo, intuyendo el lugar donde se encuentra encerrado su Hijo. La cámara desciende por debajo del terrazo y muestra a Jesús, encadenado en el sótano, mientras dirige sus ojos hacia arriba, donde está la Virgen: la perfecta sintonía entre Madre e Hijo, que fue particularmente intensa durante la Pasión, es transmitida a los espectadores con toda la fuerza y la emoción de ese conmovedor simbolismo.

La película contiene también una alusión simbólica a la cena pascual judía. Se trata de la única frase en hebreo (no arameo) que se escucha en la cinta, y que vemos casi al principio, cuando un joven escapa del huerto y llega a la casa donde están la Virgen y María Magdalena. Les anuncia que se lo han llevado, y la Virgen dice: be-mah nishtanah ha-layla ha-zot mi khol ha-layelot (“¿En qué se diferencia esta noche de todas las noches?”). Se trata de una pregunta ritual que siempre se hace en hebreo, aún hoy, en los primeros momentos de la cena pascual. Situada en ese momento, como clave de interpretación para todo lo que vendrá, es también el inicio de un paralelismo que se irá desarrollando entre la pasión y la última cena: el lavatorio de los pies, la presentación del pan, la consagración del pan y del vino se entrelazan con algunos pasajes de la crucifixión. Gibson quiere recordar a la audiencia, por un lado, que en esa cena pascual se unieron el Antiguo y el Nuevo Testamento, y por otro, que en ella se anticipó sacramentalmente lo que en plenitud se realizaría poco después en la Cruz.

lunes, 19 de noviembre de 2012

La actriz Debora Caprioglio: "Me he convertido gracias al Opus Dei"

(Religión en Libertad) Debora Caprioglio, la exuberante actriz italiana que fue musa del cineasta y erotómano Tinto Brass y protagonista de más de 25 películas, telefilmes o series de televisión, acaba de manifestar públicamente su radical conversión interior. Lo hizo este sábado pasado en el diario L´Avvenire, dando a conocer circunstancias e influencias en su retorno a la práctica religiosa.

Este retorno arrancó con su matrimonio, en 2008, con el actor y director Angelo Maresca: "Éramos dos solteros convencidos... pero nos casamos por la Iglesia. Ahí empezó todo", explica Debora, que cumplió en mayo 44 años: "El amor es capaz de derribar todos los muros y hacernos empezar de nuevo. Es lo que me ha sucedido a mí".

Su vuelta a vino a través de la espiritualidad del Opus Dei: "El párroco de San Salvador en Lauro, en Roma, nos remitió a Don Antonio Pinzello, sacerdote del Opus Dei, quien nos preparó para la boda mediante un itinerario no sólo espiritual, sino también personal. No fue un fogonazo, sino una progresiva aproximación a la práctica religiosa, de la que me había alejado aun sin dejar de ser siempre católica".

Lo primero que cambió fue su orientación profesional. Dejó de ser la actriz fetiche de Brass, porque "no se puede ser famoso sólo por el físico. Dentro de cada ser humano hay mucho más. Debemos trabajar y acrecentar nuestros talentos". Fue así como empezó a trabajar algo más que su escultural figura, para mejorar retórica y dicción, y a seleccionar papeles para no aceptar "cosas discutibles".

En Debora ha cambiado además "la forma de relacionarme con Dios y con las personas. Antes sólo pedía, ahora soy capaz de agradecer cuanto he recibido y de pensar en las necesidades de los demás. La vida matrimonial completó ese recorrido, y la espiritualidad propia del Opus Dei (la santificación por el trabajo) me ha enseñado a conjugar fe y trabajo, algo que en otras etapas de mi vida consideraba totalmente separadas".

Actualmente está interpretando en RAI-1 la telenovela Questo nostro amore [Nuestro amor]. También afirma que, entre los papeles que le gustaría interpretar "podría estar, por qué no, la vida de alguna santa".

domingo, 11 de noviembre de 2012

La escena de Betania: elogio de las tareas domésticas

Betania es, de todos los lugares que menciona el Evangelio, el más entrañable para el Señor: en la casa de Marta, María y Lázaro, Jesús se sentía particularmente querido. Allí solía descansar, de vez en cuando, camino de Jerusalén. Yo tuve la suerte de estar allí, en el verano de 2009, y visité la iglesia que hoy se levanta sobre la casa que habitaron esos tres hermanos: los grandes amigos de Cristo.

También visité la tumba de Lázaro, y recordé aquella escena en que Jesús derrama lágrimas por su amigo fallecido y consuela a Marta y María, que están profundamente consternadas. Sólo en Jesús encuentran alivio para su pena.

Estuve precisamente el 29 de julio, fiesta de Santa Marta, quien –por haber acogido al Señor en su casa y haberle preparado la comida y el descanso- es hoy el gran ejemplo cristiano de hospitalidad: es la patrona de la hostelería y también de las tareas domésticas. En honor a ellas, los franciscanos que guardan ese lugar santo nos obsequiaron con un generoso desayuno. También nos dieron una estampa con una oración a Santa Marta, que me emocionó:

Oh, Santa Marta dichosa, que tantas veces tuviste el honor y la alegría de hospedar a Jesús en el seno de tu familia, de prestarle personalmente tus servicios domésticos; tú, que juntamente con tus hermanos Lázaro y María, gozaste de su divina conversación, ruega por mí y por mi familia, para que en ella se conserve siempre la paz y el mutuo amor; que todos mis hijos vivan en la observancia de la Ley de Dios, y que sólo Dios reine en nuestro hogar. Libra a mi familia de toda desgracia espiritual o temporal, y concédeme la dicha de verlos unidos, en el cariño y en la sonrisa, bajo la mirada paternal de Dios; para volver a verles reunidos en el Cielo, y no separarnos nunca jamás”.

Inmediatamente me acordé de mi madre. Recé un buen rato por ella y por todas las madres del mundo que viven para hacer de su casa un hogar acogedor y alegre. También recé por quienes realizan las tareas domésticas en mi casa. Era el mejor lugar y el mejor día para hacerlo.

La película que mejor ha reflejado la vida familiar en Betania es, sin duda, “El hombre que hacía milagros”. En esa casa somos testigos del trato afectuoso del Maestro con cada uno. Primero, tiene lugar el encuentro con Lázaro, sellado con un gran abrazo y con una dulce exclamación: “¡Marta y María! Estoy deseando verlas”. A continuación, vemos que han preparado una pequeña fiesta para recibirle y, ya de noche, ríen alegremente durante la cena: es un momento de afecto y de intimidad. De repente, Lázaro interroga a su amigo: “No lo entiendo. Cuando murió José, te legó un buen juego de herramientas, un taller y buenos contactos en las grandes ciudades…”. Jesús le ve venir e intenta zanjar la cuestión: “Lázaro, debo ocuparme de una nueva obra”. Y María, sentada a sus pies, parece intuir lo que ha dicho sólo con medias palabras: “¿A eso te refieres cuando hablas del Reino?. El Maestro la mira con ternura y le sonríe: porque ha sabido descubrir su misión redentora.

Viene entonces la famosa queja de Marta, y el dulce reproche de Jesús: “Marta, Marta, te afanas y te preocupas por muchas cosas. Una sola cosa es necesaria…”. Momento sublime, con una sabia puesta en escena y una recreación fantástica. Aquí el cine ha sabido captar la magia de un pasaje evangélico y convertirla en una imagen cargada de emoción. Por favor, me gustaría que vierais ese breve momento (1’37”) y me dejarais un comentario personal. Así sabré si también a vosotros esta escena os dice tantas cosas de sabor familiar...

video

sábado, 3 de noviembre de 2012

El mendigo que confesó a Juan Pablo II

Hace un tiempo, en el programa de televisión de la Madre Angélica en Estados Unidos (EWTN), relataron este episodio de la vida Juan Pablo II. Un sucedido realmente estremecedor.

Un sacerdote de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Ahora mendigaba por las calles.

El cura, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido.

Al día siguiente el sacerdote asistió a la Misa privada del Papa y pudo saludarle al final de la celebración. Al llegar su turno le pidió que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia, buscó al mendigo, le convenció para que le acompañara, le compró una sotana y le llevó a su hotel para que pudiera asearse.

El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, les respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: “una vez sacerdote, sacerdote para siempre”. “Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero”, insistió el mendigo. “Yo soy el obispo de Roma, y le otorgo las licencias para esta diócesis”, dijo el Papa.

El hombre escuchó la confesión del Santo Padre. A continuación, le pidió que escuchara su propia confesión, que se prolongó durante más de una hora, entre sollozos. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.