domingo, 29 de junio de 2014

“La jaula dorada”: la inmensa alegría de servir

(JUAN JESÚS DE CÓZAR).- Las comedias puramente costumbristas suelen tener casi siempre una buena acogida en el país de origen. Su carrera internacional, por el contrario, es breve o inexistente por razones fáciles de comprender.

Refiriéndonos al cine español, este comportamiento incluye en el mismo saco películas de una pobreza temática manifiesta –como la saga Torrente– y títulos de mayor calidad. Entre estos últimos parece obligatorio citar el espectacular éxito de “Ocho apellidos vascos”, cuya recaudación alcanza ya los 55 millones de euros; no se trata de una obra maestra, pero es muy divertida, tiene cierta magia y ha sabido ganarse las simpatías de un amplio espectro de público, desde adolescentes hasta ancianos.

Cuando un distribuidor se plantea estrenar en España una comedia costumbrista italiana o francesa, por ejemplo, se lo piensa más de dos veces, porque la taquilla sólo responde en contadas ocasiones. Por poner un ejemplo positivo, “Bienvenidos al Norte” –realizada por nuestros vecinos franceses– consiguió llevar a las salas a 600.000 españoles, logrando recaudar casi 4 millones de euros; claro que en Francia la vieron 20 millones de espectadores, que ingresaron en los cines 110 millones de euros.

Gracias a Surtsey Films –la empresa que lidera Miguel Ángel Pérez–, el pasado 19 de junio se estrenó en España “La jaula dorada”, una comedia híbrida –por calificarla de alguna manera– entre el costumbrismo francés y el portugués. Aunque se trata de una película pequeña, reúne suficientes elementos positivos como para dedicarle una reseña en este blog y para recomendar su visión en estos primeros días del verano: porque es una comedia muy refrescante.

Rubén Alves, el director y coguionista –34 años–, nos cuenta una historia que conoce muy bien. Hijo de padres portugueses que emigraron a Francia en la década de 1970, forma parte de la nueva generación de luso-descendientes que ya nacieron franceses. Su caso no es infrecuente y el siguiente dato lo confirma: entre 1960 y 1974 salieron de Portugal, en busca de mejores condiciones de vida, un millón y medio de portugueses –casi la sexta parte de la población censada en 1960–, de los que un 60% se establecieron en Francia.

El film nos presenta a María (Rita Blanco) y a José (Joaquim de Almeida). La elección de los nombres no parece casual. Ella es la incansable portera de un elegante edificio de París, y él, un responsable encargado de obra de una constructora. Son los Ribeiro, personas sencillas, muy trabajadoras, tan serviciales que parientes, inquilinos, jefes y amigos abusan de su generosidad. Sus dos hijos –buenos chicos– reprochan a sus padres que se dejen pisar por los demás; y los ven como unos “pringados”, aunque los quieren de verdad y la familia está muy unida. La hija mayor se llama Paula (Barbara Cabrita) y roza los 30; el segundo es Pedro (Alex Alves) y está cerca de los 20.

Aunque viven en una “jaula dorada”, la saudade está siempre presente en María y en José, que sueñan con regresar algún día a Portugal. La oportunidad irrechazable se presenta cuando reciben la noticia de ser los beneficiarios de una herencia, que incluye la casa familiar y abundante cash. A pesar de la discreción de la familia, la noticia corre como la pólvora y todos los que le rodean se alían para evitar su marcha, conscientes de lo que supondría la pérdida unas personas que, por su bondadosa disponibilidad, se han convertido en imprescindibles. A este argumento central se suma una subtrama que no conviene revelar; así, el enredo está servido y el film se ve con una sonrisa (no es película de carcajadas), hasta la festiva comida final.

La película tiene una clara vocación de agradar, y Alves dirige a un espléndido elenco de actores que se ganan la simpatía del espectador. No hay personajes “malos”, porque incluso los menos atractivos acaban mostrando al final que no les falta corazón. Mención especial merece también la nostálgica banda sonora de Rodrigo Leao, a cuyo trabajo se suman algunas magníficas canciones como “L’étrangère” y “Ó Malhão Malhão”, de Linda de Suza; “Bacalhau a Portuguesa”, de Quim Barreiros; “Prece (O Fado)” de Catarina Wallenstein; y dos temas de la mítica Amalia Rodrigues: “Fadinho da Ti Mariu Benta” y la archiconocida “Uma Casa Portuguesa.

Precisamente en la letra del último tema citado se puede oír una frase que da la clave del film: “La alegría de la pobreza está en esta riqueza de dar y ser feliz”. Porque eso es lo que han hecho María y José durante toda su vida: servir a los demás con un trabajo no sólo bien hecho, sino excelente; y eso es impagable. No son unos “pringados”, porque detrás de su aparente modestia se esconden dos personas excepcionales.

La jaula dorada, que obtuvo el galardón del público en los Premios del Cine Europeo 2013, ha sido vista en Francia por 1.200.000 espectadores y en Portugal por 800.000. Ruben Alves dedica la cinta a sus padres, como puede leerse en los créditos finales. Un merecido homenaje que sin duda incluye a todos aquellos que tuvieron que emigrar de su querida tierra portuguesa.

domingo, 22 de junio de 2014

La vocación de San Pedro en el cine

Este próximo domingo es la solemnidad de S. Pedro y S. Pablo. Por eso hoy quería analizar cómo el cine ha reflejado la vocación de San Pedro; una llamada muy especial, pues aquel pescador iba a ser, nada más y nada menos, que la Cabeza de la Iglesia.

De todas las películas, he querido fijarme en “Jesús de Nazaret” porque esta cinta es, en mi opinión, la que mejor desarrolla la personalidad de Pedro y su profunda transformación interior. Esa transformación acontece en tres fases sucesivas y le hace capaz de responder a la llamada divina. Pero esto no se produce sin fuertes resistencias por su parte.

El primer encuentro entre los dos acontece en Cafarnaúm, junto al lago de Genesaret (Lc 5, 1-11). Jesús pasea por la ribera junto a los dos primeros discípulos, Juan y Andrés. Éste último ve llegar a su hermano Pedro, que a base de gritos y aspavientos dirige la nave hasta el embarcadero. Así se nos presenta: como un hombre protestón y enérgico, quejoso empedernido de la poca pesca y de los muchos impuestos.

Andrés se le acerca: “Éste es el hombre del que te hablé, el hombre del que hablaba Juan el Bautista”. Y las primeras palabras de Simón no pueden ser más ariscas: ¿Qué, otro hombre santo? ¿Otro de esos que nos dicen que tengamos paciencia, que ya vendrán tiempos mejores?... Mucho hablar mientras nos estamos muriendo de hambre”. Para sorpresa de todos, Jesús hace caso omiso de ese desplante y le dice con firmeza: “¡Vuelve de nuevo a pescar! Yo iré contigo”. A Pedro se le atraganta el vino que ha empezado a beber y se vuelve airado hacia Él: ni es el mejor momento para pescar ni está de humor para volver a intentarlo. Se le acerca enérgico, pero la mirada del Señor le aplaca. La música anuncia con sigilo el inicio de la conversión de Pedro, quien finalmente asiente: “Fiado en tu palabra, echaré las redes”. Y acontece la pesca milagrosa…

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Poco después, Mateo entra en escena. Ha oído hablar de la gran pesca de Simón y se dirige a su casa para recaudar impuestos atrasados, ahora que tiene con qué pagar. En cuanto traspasa el umbral, Pedro se abalanza sobre él y le increpa, y tienen que separarle: “¡Es un pecador que se atreve a entrar en mi casa!. Pero Jesús, que también está presente, reacciona de modo totalmente opuesto: “Mateo, esta noche iré yo a cenar a la tuya”.

Ésta afirmación suscita la primera controversia entre los discípulos. Cambia la escena. Ahora es de noche y los futuros apóstoles pasean junto al lago mientras critican la ocurrencia del Maestro: ¡Ir a cenar a casa de un publicano! Incapaces de resolver la situación, le piden a Pedro que hable con Jesús (lo cual implica que ya entonces le ven como cabeza del grupo). Pero Pedro parece echarse atrás en su aún incipiente vocación: “Andrés, yo no soy como tú, yo no sigo a sacerdotes y profetas. Yo soy un pescador. Si seguiste al Bautista, ¡sigue a éste!”. Alguien interviene, pero Pedro se revuelve con evidente enfado: “¡Dejadme en paz! ¿Por qué lo habéis traído a mí? Ésta es mi vida: mis redes, mi barca… ¡Adelante, seguidle, pero dejadme en paz!”. Cuando los demás se marchan, advertimos la profunda conmoción por la que atraviesa el alma de Pedro. No quiere abandonar su vida ni su barca… pero tiene la certeza interior de que Dios le está llamando.

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El largo proceso de la respuesta de Pedro a su vocación culmina poco después, en la escena en que Jesús desembarca a la orilla del lago para iniciar una nueva predicación a la muchedumbre. Las gentes le esperan alborozadas,y algunos se arrojan al lago para salir a su encuentro. De nuevo la música nos hace partícipies de la alegría de la muchedumbre. Mateo, que ha quedado un poco rezagado, mira un instante a Pedro. Ahora es su mejor amigo del grupo, y le duele ver la duda que está comiéndole por dentro. No quiere ni puede forzarle: le hace un gesto con la mano y se dispone a seguir a Jesús. Pedro le ve partir y se queda pensativo un instante. Finalmente, salta al agua, introduce la soga en la barca y la empuja decididamente hacia el lago. “¡Lleváosla! —dice a los jornaleros—. Volved a Cafarnaúm”. Todavía le vemos dudar, cuando cruza su mirada uno de los braceros. Pero la barca se va, y él definitivamente se queda. Es, traducida en imágenes, la traslación de lo que narran los Evangelios: “Y ellos —Simón y los hijos de Zebedeo—, sacando las barcas a tierra, dejaron todas las cosas y le siguieron” (Lc 5, 11).

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domingo, 15 de junio de 2014

"¡Perdóname...!"

Luis, esa noche no pensé en ningún momento ni en ti ni en la niña... Y no te puedes imaginar cuánto me duele el daño tan grande que os he hecho... Sé que es imperdonable, pero por favor... ¡perdóname!”. Así empieza el último vídeo de May Feelings, titulado ‘Nunca te canses de pedir perdón’.

May Feelings (literalmente "Sentimientos de Mayo") comenzó su andadura hace 7 años, como una iniciativa para promover el rezo del Rosario durante el mes mariano por excelencia. Con el tiempo, ha ido ganando adeptos y se ha expandido internacionalmente. En la actualidad es todo un movimiento que promueve los valores cristianos en los cinco continentes. Es, como dice su propio lema, "la red social que reza para cambiar el mundo". Recientemente ha lanzado una aplicación que puede descargarse en móviles y tabletas, y a través de ella los internautas pueden contactarse con personas de todo el mundo, escribir una petición en 259 caracteres, o unirse a las peticiones formuladas por otros.

Su primer vídeo daba 50 razones para rezar el Rosario, y se hizo tan popular que en solo una semana alcanzó las 100.000 visitas. Desde ese entonces, cada mes de mayo lanza un vídeo que llama a la gente a rezar, a terminar con la violencia, a pedir por los sacerdotes, a sembrar la paz. Y todos alcanzan las 300.000, las 400.000 visitas. El de este año recoge testimonios breves de muchas personas, de edades y situaciones muy variadas, que han sido capaces de pedir perdón:

"Perdóname por intentar hacer de ti alguien que no eres". "He dejado pasar mil oportunidades para hacerte feliz, ¡perdóname!". "Papá, mamá, perdonadme por haber tirado estos dos últimos años a la basura". "Mamá, sé que has sufrido y llorado mucho por mi culpa, y que nunca podré pagarte todo tu cariño, ¡perdóname!". "!Perdóname hijo!, por no haberte escuchado cuando más lo necesitabas". "Perdóname por dejarme llevar por las apariencias"...

"Nunca te canses de pedir perdón. Y nunca te canses de perdonar". Un doble mensaje muy apropiado para los tiempos que corren, y que puede contribuir a resolver, de manera decisiva, las situaciones más desesperadas.

domingo, 8 de junio de 2014

"El hijo del otro": ¡Benditas madres!

Como es sabido, el Papa Francisco se reúne hoy domingo 8 de junio en el Vaticano con el presidente de Israel, Simón Peres, el de Palestina, Mahmoud Abbas (Abu Mazen), y el patriarca ecuménico ortodoxo Bartolomeo, para rezar juntos por la paz. Una iniciativa que cuenta con el apoyo de la oración de tantas personas de todo el mundo. Una razón más para hablar en este blog de un filme inteligente y optimista, que tiene como trasfondo el conflicto judío-palestino.

(JUAN JESÚS DE CÓZAR).- El pasado viernes asistí al estreno de “El hijo del otro”, película dirigida por la francesa de origen judío Lorraine Lévy. Unas horas antes de redactar este artículo pude escuchar las declaraciones sobre el film de un conocido crítico, que lo calificaba de “interesante, pero excesivamente buenrrollista y con un decepcionante final típico de película de Disney”. Vino entonces a mi memoria un suceso de hace varios años, cuando un importante diario nacional publicó la reseña del poemario que acaba de escribir un amigo mío, poeta y novelista. Su dictamen era negativo porque su poesía le parecía “excesivamente optimista.

Da la impresión de que en determinados ambientes culturales el optimismo no está bien visto. En cambio, parecen aceptarse sin dificultad el realismo trágico, la cruda violencia de determinadas situaciones, la tristeza del desencanto o la imposibilidad de solucionar determinadas situaciones. Pues conste que “El hijo del otro” es un film intencionadamente optimista, ambientado en una zona que no podría ser más conflictiva: Israel y Palestina.

La película comienza con un hecho insólito y alarmante: unas pruebas médicas desvelan que Joseph Silberg (Jules Sitruk), un joven de Tel Aviv que se prepara para comenzar el servicio militar, no es el hijo biológico de sus padres, ella médico y él oficial del ejército israelí. A causa del caos producido por un bombardeo en Haifa, donde su madre dio a luz, el hospital cometió un grave error y su bebé fue intercambiado por Yacine Al Bezaaz (Mehdi Dehbi), el hijo de una familia palestina de Cisjordania.

Yacine acaba de regresar de París ‑donde se aloja con su tía‑, y trae la buena noticia de haber superado los exámenes que le permitirán comenzar allí la carrera de Medicina. Su padre es ingeniero, aunque las circunstancias le obligan a trabajar como mecánico de coches. Su madre es una abnegada ama de casa.

Como no podría ser de otra manera, la noticia provoca el derrumbe de ambas familias y les obliga a recorrer un delicado proceso de reconstrucción, porque todo queda afectado: la propia identidad, las convicciones religiosas, las raíces culturales… Una tarea dolorosa pero necesaria, que las dos madres asumirán con esa fortaleza y sabiduría femeninas que suelen mostrar de manera especial ante la adversidad. Ellas son las grandes heroínas de la historia y las que logran transformar la visión de sus respectivos maridos. Las extraordinarias interpretaciones de Emmanuelle Devos (la madre de Joseph) y de Areen Omari (la de Yacine) refuerzan aún más ese protagonismo.

La película evita entrar en espinosas cuestiones políticas, aunque se nos muestran reiteradamente el muro de separación, las alambradas, los controles, el contraste entre la abundancia material de la zona judía y la precariedad de la palestina… Es cierto que el film pierde algo de fuelle en la última media hora, optando por suavizar las aristas, rehuyendo diversos conflictos e incluyendo alguna situación forzada. Pero ya avisaba al principio del artículo sobre su voluntario optimismo: ya sabemos que las cosas no son tan simples, pero es muy saludable que el espectador salga de la sala con la esperanza de que es posible la convivencia pacífica entre las nuevas generaciones de judíos y palestinos. Un anhelo sugerido a través de una significativa escena frente al espejo, en la que Yacine dice a Joseph: “Mira, Isaac e Ismael, los dos hijos de Abraham”.

domingo, 1 de junio de 2014

Los 25 años de "Mi pie izquierdo" (Amor por los enfermos)

(JUAN JESÚS DE CÓZAR).- Los enfermos constituyen para el Papa Francisco una “tentación” invencible. Son como un imán que atrae su atención y, sobre todo, su corazón. Tanto, que no tiene inconveniente en saltarse el protocolo para estar con ellos, ante la mirada de preocupación –cada vez más comprensiva, desde luego– del equipo encargado de su seguridad. En Internet se puede encontrar un buen puñado de vídeos que recogen esas reacciones tan espontáneas. Y cuando se dirige a los enfermos sus palabras no son sólo de consuelo, sino que transmiten ideas tan iluminadoras como las que se pueden oír en este vídeo:



A propósito de la realidad del sufrimiento, de la discapacidad con la que algunas personas nacen a la vida y de esa preferencia afectiva hacia los enfermos, he querido recordar en este blog una espléndida película que en 2014 cumple 25 años: “Mi pie izquierdo” (1989), del director irlandés Jim Sheridan (“En el nombre del padre”, “The boxer”, “En América”).

El film se basa en la historia real de Christy Brown, el décimo de 22 hermanos, de los que sólo 13 sobrevivieron. Christy nació el 5 de junio de 1932 con una parálisis cerebral irreversible. Sólo poseía pleno control sobre una parte de su cuerpo: su pie izquierdo. Pero a fuerza de tesón y con la ayuda de su madre, consiguió relacionarse con los demás, pintar con cierta destreza, escribir una autobiografía en 1954 sobre la que se basó el guión de esta película. Falleció el 7 de septiembre de 1981.


Sheridan es un maestro en la recreación de ambientes, y consigue describir con gran realismo el clima humano y social en el que se desenvolvió la infancia de Christy: en el seno de una modesta familia católica de un barrio obrero de Dublín, donde la precariedad lo impregna todo. Dificultades económicas, hacinamiento en la vivienda, roces que provocan pequeñas y grandes discusiones, problemas con los hijos, etc. La sensación de miseria queda reforzada por el uso de la fotografía, que ilumina los rostros a la vez que atenúa y difumina los entornos.

Aunque el sólido guión del propio Sheridan y de Shane Connaughton adapta con bastante fidelidad el relato original, el director oculta injustamente, en mi opinión,  uno de los elementos más interesantes de la vida de Christy: la influencia decisiva de su fe católica en el afán de superación, sobre todo a partir del viaje que realizó a Lourdes. Conste que Sheridan me parece un buen realizador, y que he visto casi todas sus películas, pero observo que, sin ocultar sus raíces católicas, es propenso a deslizar en sus filmes alguna velada crítica a la jerarquía de la Iglesia, algo que se insinúa en “Mi pie izquierdo”, en el personaje del sacerdote rígido y legalista.

A pesar de contar con un modesto presupuesto de 600.000 libras, la dirección artística y la puesta en escena resultan notables, y la música de Elmer Bernstein, sobresaliente. Pero donde realmente el film alcanza las cotas más altas es en el capítulo interpretativo. La extraordinaria actuación de Daniel Day-Lewis –ganador del Oscar por su caracterización de Christy adulto y único actor, de momento, que posee otras dos estatuillas más– es difícil de olvidar. Como ha señalado un crítico, "en la pantalla no hay un actor que interpreta a un minusválido; hay un auténtico paralítico mental". Por su parte, Brenda Fricker –premiada igualmente con el Oscar de la Academia–, se muestra deslumbrante en su papel de madre, regalándonos unas escenas junto a Day-Lewis de una enorme fuerza dramática. Meritorio también es el trabajo de Huhg O'Connor, el joven actor que da vida a Christy de pequeño.

Desde luego, el Christy Brown real no hubiera desarrollado sus valiosas capacidades ocultas tras la enfermedad sin el constante estímulo de su madre Bridget, una labor que queda magníficamente plasmada en el film. Y es que, como suele ocurrir en la vida, el afán de superación y las ganas de vivir van siempre de la mano del cariño. Tanto, que en este caso la película bien podría haberse titulado “Mi madre”.

Os dejo el único trailer de le película que hay en español en el canal Youtube. No es el oficial, pero da una idea bastante precisa de un film que sigue con la misma frescura de su estreno, hace ahora 25 años.